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¿Somos un mejor país? ¿Somos un mejor mundo?

Cuando los panameños nos despojamos de nuestros complejos y nos decidimos a actuar, somos insuperables
Pituka Ortega Heilbron
En días pasados leí a través de internet un artículo con relación a la conferencia de prensa que el presidente Bush le otorgara a los periodistas estadounidenses para explicar los hechos de las últimas semanas en Irak. Escuché dicha conferencia y hallé que el mandatario tuvo más desaciertos que aciertos en su ejecución. Al día siguiente los medios de comunicación estadounidenses, aun cuando no le dieron las calificaciones más altas a su presidente, fueron bastante benignos con él. Inclusive lo fueron durante la conferencia de prensa. Esto, supongo, se debe al respeto que impone la figura del presidente de Estados Unidos. George W. Bush es, a fin de cuentas, el hombre más poderoso del mundo.
Entre las críticas (como aquellas que se da a las películas), leí una de un columnista que obviamente simpatizaba con la guerra en Irak pero que, al no poder tapar el sol con una mano, accedió a calificar el desempeño de su mandatario como débil, empero no antes de justificarlo con la cita que oigo una y otra vez: que el mundo es un mejor lugar sin Sadam Husein. Enseguida recordé que hace más de un año, cuando la administración Bush-Cheney, Rumsfeld, Rice amenazaba con atacar Irak si no renunciaba a su programa de armas de destrucción masiva, le comenté a un joven estadounidense sobre el error que sería empezar una guerra, a lo que me respondió con sutil arrogancia: “¿Qué tipo de país crees tú que sería Panamá si no hubiéramos sacado a Noriega?”.
Tragué duro y con mucha dificultad le dije: “si tú crees que este es un ‘mejor país’ después de la invasión, te equivocas. Creo que aparte de los más visibles resultados, como lo fueron recuperar la libertad de expresión, la cual realmente es aprovechada (a veces irresponsablemente) por aquellos con algún nivel de educación, y de deshacerse de la maquinaria represiva y corrupta militar, hemos retrocedido como nación y como individuos”.
Recuerdo claramente, recién invadidos, a personas hablar de la cantidad de “billete” que iba a entrar a Panamá, en vez de cómo ejercer responsablemente el nuevo poder y devolvernos esos derechos coartados por tantos años. Tampoco se hablaba de cómo participar en esta patria que se nos abría después de tanto pedirle a los estadounidenses que entraran a sacar a quien “ellos habían puesto allí”. Poco se hablaba de cómo aprovechar inteligentemente las áreas revertidas, ni de cómo integrar a Panamá al mundo, un país pequeño pero con una capacidad inmensurable comparada con su tamaño.
Miremos dónde estamos y cómo hemos quedado: como uno de los 10 países más corruptos del mundo. ¡Santo cielo!
Creo que la visión y camino de este país se definieron en diciembre de 1989 y que lo que ha ocurrido hasta la fecha tiene que ver con ese traumático hecho. Como en todas las crisis, en ese momento salió a relucir quiénes éramos como pueblo y la capacidad de nuestros líderes: no solo en el ruedo político, sino también en el ruedo empresarial y civil.
Yo tenía 29 años y, como muchos, estaba dispuesta a hacer todo lo necesario para que mi país saliera adelante, pero nos quedamos sin guía. Y poco a poco me fui decepcionando hasta quedar completamente descorazonada.
¿Echarle toda la culpa a nuestros líderes políticos? En cierta medida se les puede culpar, básicamente por corruptos, por absoluta carencia de visión y por el escaso entendimiento de lo que es Panamá. Pero los responsables somos todos, especialmente los que contamos con los recursos de educación, salud y bienes materiales por pensar que si las cosas van bien para nosotros, van bien para todo el país. Las cosas siempre van a ir bien para los pudientes, durante dictaduras o regímenes militares o durante “las bonanzas de la democracia”. Y aun cuando quizá, por momentos, porque los titulares de la prensa local no nos dejen otra, seamos críticos de las deficiencias del sistema y de la ausencia de liderazgo no hacemos nada porque, al fin y al cabo, en términos inmediatos no hemos perdido mucho y como “Dios es panameño” las cosas se arreglarán de alguna manera.
Por otro lado, los que no cuentan con ese panorama de recursos tampoco se eximen de su responsabilidad, porque si dejáramos de idealizar las cosas asumiríamos con valor el hecho de que no somos un país destrozado por guerras civiles, ni violencias inauditas… todavía. Y aun cuando es cierto que las áreas marginales viven en condiciones infrahumanas, no hemos pasado por los sufrimientos de nuestros países hermanos y vecinos de la región, que hoy descollan mientras nosotros retrocedemos. Todos insistimos en recostarnos sobre líderes paternalistas que resuelvan nuestros problemas (que nos den la casa, el par de zapatos o faciliten el negociado). No buscamos líderes que nos suministren las herramientas para lograr nuestras metas y sueños dignamente.
En resumen, nuestra superficialidad nos impone una condición espíritu-social endeble y por ende nuestra capacidad de introspección es nula. Por eso no somos un mejor país luego de la invasión del 20 de diciembre. Por eso, a estas alturas todo lo que busco del próximo líder político es que facilite las condiciones que nos permitan asumir las riendas de nuestras vidas para que consecuentemente seamos verdaderos partícipes de la reconstrucción de este país que, a mi parecer, nunca fue reconstruido.
Creo fervientemente que en Panamá todo lo bueno es posible, porque también he visto que cuando los panameños nos despojamos de nuestros complejos y nos decidimos a actuar, somos realmente insuperables.
La autora es cineasta
Publicado en el Diario La Prensa de Panamá 28 de abril 2004

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